El Bar de la Leo, en la Barceloneta

Si uno quiere saber lo que es el barrio de la Barceloneta, debe pasarse a tomar algo por el bar Leo. Un sitio entrañable  donde se siente la esencia del barrio. Sitio ideal para tomar la primera copa o un vermut.

 

La Leo, granadina de pura cepa, está al cargo de este barco. Mujer queridísima en el barrio (y con razón), siempre tiene detalles para sus clientes. Además, anda escoltada por sus hijos, quienes la ayudan en aquellos días en que el bar se llena de gente. Algo que, por otra parte, es bastante frecuente de un tiempo a esta parte.

El Bar Leo, para aquellos que no lo conozcan, es todo un templo homenaje a Bambino, uno de los grandes cantaores y rumberos flamencos de los años 60 y 70. Lo más recomendable es verlo con vuestros propios ojos, pero os podemos adelantar que es difícil encontrar un rincón del bar en el que no haya algún tipo de referencia suya. Bambino, a la par que amigo de Camarón, era íntimo amigo de la familia dueña del bar. Eso lo explica todo.

La decoración no tiene desperdicio y nos ofrece un mosaico a base de fotos del gran Bambino y otros cantantes muy acordes con la banda sonora habitual del bar.

A nivel gastronómico esta tasca ofrece lo de siempre: todo tipo de tapas y comida casera a un buen precio. Asimismo, también es un buen sitio para disfrutar con un desayuno suculento.

Las cinco estrellas son más que merecidas por su ambiente, su autenticidad y esa personalidad que lo hacen un lugar irrepetible. Eso sí, no vayas buscando exquisiteces para comer.

Creo que la culpable de que este bar aun permanezca en pié, bien merece expliquemos como llegó hasta aquí. Ella misma nos lo cuenta, siempre expresiva y gesticulando a lo largo de toda la conversación….

Nació en La Rábita, provincia de Granada, hace más de setenta años. Como que en el pueblo no había trabajo, con solo quince años marchó a Barcelona con la perspectiva de una nueva vida. La Barceloneta es una barriada, un pueblo de pescadores y gente humilde. Encuentra trabajo limpiando en los chiringuitos y casas de comidas de la playa, muy cerca del Somorrostro, el barrio de las barracas tocando el mar.

Recuerda la vida sencilla de unos tiempos difíciles, la nobleza de aquella gente que no tenía nada pero siempre se ayudaba. La ciudad de finales de los cincuenta, que latía a ritmo mortecino apretujada de grisura y ventilada por los vientos marineros que hacían imaginar mundos irreales.

Pronto se enamora de un pescador y se casan. Solo tiene dieciséis años y, al cabo de pocos meses, el primer hijo. Luego  vendrán tres más, todos chicos -Agustín, Paco, Alfonso y Jaime-, uno cada tres años. Pronto surge una nueva oportunidad de trabajo. Al bar El Limón de la calle San Carlos buscan gente para trabajar. Leo ya tiene cierta experiencia y la ama está contenta con ella. Así, cuando la señora decide dejar el negocio, no tiene que buscar mucho para encontrar sucesora. Así nace el Bar Leo.

No se acuerda exactamente del año, prefiere mesurar el tiempo a su manera: “Toda la vida!” Esta es precisamente la filosofía vital que impregna la personalidad de su bar. La clientela la aprecia y la valora como una madre. Todo su carisma se desborda cuando improvisa un zapateao durante una fiesta de cumpleaños o cuando no te cobra una de las siete cañas que has deglutido.
Entre las paredes llenas de recuerdos se han criado sus hijos, se han consolidado amistades eternas e infinitas tardes de gloria se han oficiado. Muchas de las fotos que se exponen son del Bambino, alias de Miguel Vargas Jiménez, artista gitano íntimo amigo de Leo que durante muchísimos años desató allá su arte flamenco. También hay unas cuántas fotos de juventud de Leo, con la misma viveza que ahora veo en sus ojos.

 

Ha trabajado como una esclava toda su vida, ha sufrido y llorado para salir adelante haciendo frente a las adversidades y, no se está de reconocerlo, le gustaría descansar un poco. “A ver si me toca la lotería!”, exclama haciendo una mueca cuando intento pagar la última caña.

 

Leo siempre anda ajetreada entre que todo funcione como debe y conciliar el lugar con los vecinos para mejorar la convivencia. Eso sí, si al día le acompaña poder tener una “xarrada” con ella, es imposible irse sin una sonrisa de gratitud de oreja a oreja.

 

 

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